Textos del libro “Figuras del discurso”

El pasado 5 de agosto fue presentado el libro “Figuras del discurso”. Acá les compartimos algunos de los ensayos que se encuentran en el libro:

Presentación del libro “Figuras del discurso. Exclusión, filosofía y política”

Dra. Ana María Martínez de la Escalera

Los libros se usan: eso lo saben muchos. Sea para registrar pensamientos o sermones, para conservar discursos y argumentos. 

Son empleados para acariciar ideas nuevas y hojear antiguas; otras veces sólo para acariciar. 

Su valor de uso –dirán algunos—no está enmarcado en ninguna función primordial o ineludible, sino, tal vez, en lo que lo excede. Llamémosle al excedente por su otro nombre y su nombre-otro, el pathos, aunque también podría ser el ethos, las afecciones junto a los afectos de los lectores, si es que alguna vez estuvieron separados ambos. Efectos inmediatos y a largo plazo, previsibles o inesperados de la lectura y la escucha. Sólo en esta relación privilegiada por peitho, la persuasión que incendia la adhesión de los sentimientos, y garantizada por metis, la astucia sin medida de la sabiduría de la gente, las fuerzas de cualquier libro tienen lugar y a veces, se liberan y liberan a los y las lectoras. Entonces el libro abre el debate, él pregunta y él contesta interrogantes, produce el anhelado cambio de ideas, desata voces diversas y singulares, irrepetibles; interpela al otro en cada uno de nosotros.

Al mismo tiempo el libro no deja de actuar como fundamento de tradiciones, depósito de relatos. También usado como excusa para esto o aquello, para atenuar la culpa y eludir la responsabilidad. Muchos lo emplean para guardar celosamente proyectos y conversaciones e inmediatamente olvidan donde lo dejaron, junto con las buenas intenciones.

Decíamos: los libros interpelan al lector; no obstante, otros más son interpelados por los avances beligerantes de los nuevos lectores, por las nuevas actitudes y las recién descubiertas actividades lectoras. Un montón de libros también nos transforman. Unos son testimonio de las dificultades del devenir del pensamiento crítico sin miedo a ubicarse en el primer lugar de la puesta en cuestión. Precisamente como estas FIGURAS DEL DISCURSO las cuales aquí intentamos presentar en toda su fuerza crítica.        

Si la crítica fue, desde la perspectiva de Michel Foucault, la formulación de objeciones contra ciertas formas de gobierno del sentido y su fabricación, junto con la realización de prácticas de de-sujección; o como quería Adorno, fue el dar cuenta de las nuevas realidades que se hacen visibles para y por el pensamiento, ofreciéndole provisionalmente un nombre y concepto nuevos con los cuales  facilitar la acción de las fuerzas transformadoras de la historia que en él habitan, aquí entre estas páginas deviene comunidad a través de ejercicios –imperceptibles y moleculares (Deleuze)– que al no proponerse desbaratar a algún contrincante o tomar el poder y control del sentido, aumentan las posibilidades de la conversación, gran baluarte de la alteridad.

La fuerza crítica desplegada a través de sus artículos es propuesta de cuestiones y postura decidida ante la situación que demanda nombre propio, descripción e intervención connotada, política, cultural, intelectual, subjetiva; marcas todas de la dignidad de los y las lectoras ante la urgencia de un presente injusto. La crítica es también la apertura a la puesta al día que no facilite el aggiornamiento, como aquél inventado por la Iglesia católica para que todo cambio reforzara el que todo siguiera igual. Puesta al día del instrumental del lector tan diverso como la figura misma de lector. Puesta al día, y sobre ella, puesta en circulación de operaciones que revelan los procesos de exclusión, es decir muestran la exclusión como operación oficial contra la diferencia (Foucault, El orden del discurso) y contra la voz que toma la palabra sin pedir permiso a la autoridad.

Las Figuras del discurso coordinadas por Villegas, Talavera y Monroy –los tres representados además en el interior del libro por sendos artículos críticos–, transdisciplinan los límites filosóficos de la obra, estableciendo relaciones de todo tipo con la historia, la antropología, la psicología y la teoría del inconsciente, la literatura, el testimonio y la actividad política. Si interdisciplina es intercambio de ideas para solucionar problemas fuera del ámbito estrecho de cada disciplina académica, la transdisciplina realiza la crítica suprema de cualquier saber al cual se le hubieran subido los humos, como suele decirse coloquialmente, pretendiendo ser la explicación última y primera de lo existente, delirio como sabemos de nuestros profesionales. Otro de los logros del tomo es haber partido de la noción enriquecida de figura, por la cual la figura es la operación de generalización hiperbólica de un significado (el indio es el habitante nativo que los colonizadores encontraron al llegar) y de la naturalización de la denotación (la clase de individuos que privados de sus derechos humanos,  aparecen como naturalmente naturales), sin reparar en la referencia, puesto que siempre es fallida (los mayas no son nahuas); y esta falla es, justamente, la cristalización de la dominación colonial. La crítica es la manera idónea para viajar cual nómade hacia territorios-otros de la proposición sin condición y el libre debate sin agenda, sin coartada y sin extorsión (Derrida, Las humanidades sin condición). El tercer logro es haber acabado con la ilusión, o la cursilería, de pretender hablar por los excluidos ganando prerrogativas, sustituyendo a las víctimas, ocupando el puesto de representante-acreedor de todos los oprimidos. No porque no se pueda hablar por las víctimas; sino, en forma muy determinada en casi todos los textos reunidos, porque la crítica de la exclusión habla desde la resistencia sin condición ni agenda interesada, no desde la vivencia dañada. Decía Milán Kundera que los cursis insisten en que su corazón está del lado de las víctimas sin excepción y dejan caer siempre dos lágrimas (Milán Kundera, La insoportable levedad del ser, Barcelona, Tusquets, 1999 (12 ed)) una por la pobre víctima a la que reducen a la infancia, es decir a la ausencia de lenguaje y fuerza, la otra conmovidos por ellos mismos, al demostrar sentimientos que son de todos (o eso suponen). Reconocemos al cursi porque llora dos veces. No es la primera lágrima la que vuelve cursi al cursi, es la segunda: “La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad…! Es la segunda lágrima –sostiene Kundera contra otras caracterizaciones de lo cursi– la que convierte el kitsch en kitsch” (p. 256-7). En el kitsch lo sentimental, la catacresis, los ready-made o lugares comunes de la emoción, el recurso a-crítico, a la sociedad, a la política y al papel de una misma en ella, confirma al homo sentimentalis de Kundera, es decir configura, conformistamente, al nuevo tipo de ciudadano en el cual nos hemos convertido. Lo cursi trata del sentimiento del amor en la relación amorosa sino fuera, en áreas precisamente no amorosas, por ejemplo, lo moral o lo ético donde “la ilusión de la perfección moral” muestra su carácter totalitario, esto es su efecto de crueldad pública ante quien no comparte como “todos” los individuos deberían hacer, una misma concepción sentimental de la política y de las relaciones con los otros. O de lo humano, o de la civilización, o de la mujer. El cursi es típicamente un Narciso moderno más.

      Citemos a Kundera en La insoportable levedad del ser, hoy pasada de moda. En el capítulo La gran marcha, apartados 7 y 8 escribe:

Diez años más tarde (cuando vivía ya en Norteamérica), un amigo de sus amigos, senador norteamericano, la llevaba en su enorme automóvil. En el asiento trasero se apretujaban cuatro niños. El senador detuvo el coche; los niños bajaron y corrieron por el amplio césped hacia el edificio de un estadio en el que había una pista de patinaje sobre hielo. El senador, sentado al volante, miraba enternecido a las cuatro figuritas que corrían y se giró luego hacia Sabina: «Mírelos». Dibujó con la mano un círculo que pretendía abarcar el estadio, el césped y a los niños: «A esto lo llamo felicidad». Tras aquellas palabras no sólo había felicidad porque los niños corrieran y el césped creciera, sino también una expresión de comprensión hacia una mujer que procedía de uno de los países del comunismo donde, a juicio del senador, el césped no crece y los niños no corren. ¿Cómo sabía aquel senador que los niños son la felicidad? ¿Es que podía ver sus almas? ¿Y si en el momento en que desaparecieran de su vista, tres de ellos se lanzaran sobre el cuarto y empezaran a pegarle? El senador tenía un solo argumento para su afirmación: sus sentimientos. Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón. Por supuesto el sentimiento que despierta el kitsch debe poder ser compartido por gran cantidad de gente. Por eso el kitsch no puede basarse en una situación inhabitual (Gómez de la Serna sostiene lo contrario), sino en imágenes básicas que deben grabarse en la memoria de la gente: la hija ingrata, el padre abandonado, los niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor. El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lagrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped! La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped! Es la segunda lágrima la que convierte el kitsch en kitsch. La hermandad de todos los hombres del mundo sólo podrá edificarse sobre el kitsch. (109-110)

      Nos parece que a Kundera le hizo falta precisar lo siguiente: al igual que el senador, que no es un individuo sino un personaje y operador de sentido; el cursi al decir “Soy humano” implícitamente niega la humanidad del otro, siendo esa justamente la operación excluyente.  A través de una expresión de comprensión ante la ausencia de humanidad del otro u otra, ausencia y negación que la expresión” yo, humano” perpetúa, opera y lleva a cabo dos cosas: por una parte, realiza y confirma la ausencia de humanidad del otro, y por otro lado llora con placer egoísta esa ausencia, congratulándose así de su propia existencia ilusoriamente humana (ilusoria o fantasmática porque precisa siempre una vez más de la segunda lágrima y así del otro para confirmar la propia existencia). Porque el valor kitsch, el valor posible-imposible del cursi es la negación decretada de humanidad de cualquier otro y de todos los otros. El doble gesto lacrimoso que actúa como “comprensión condescendiente” del otro, es en realidad, la realización de la confirmación de la identidad como humano o Yo ante el no-humano. Típica operación identitaria en el espacio macro-político, en el aparato del estado nacional que muestra la “estetización de la política totalitaria y la totalización de la política” señalada por Walter Benjamín, esta vez actuando sobre la producción de sentido.

      Así pues, si se quisiera resumir el libro en una frase podría decirse lo siguiente: este libro es la deconstrucción crítica de lo cursi en el discurso de las exclusiones, de la filosofía y la política.

Sin duda frase insuficiente pero justo porque en el libro no se habla por los vencidos, por los oprimidos, los animales, los desechados, sino que, primordialmente, se intenta visibilizar cómo se los fabrica. Por ejemplo, se analiza con cuidado minucioso cómo opera la generalización abusiva de la palabra Hombre, o Civilización, o Mujer, o Animal, sobre los referentes sociales, históricos, materiales a los que necesariamente, o constitutivamente, excluyen. Es urgente el análisis pues todas estas expresiones, y otras más estudiadas en el tomo, excluyen al generalizar, fabrican su necesario excluido y fortalecen así la dominación.

Por todo ello decimos que el valor de este libro es que en él no hay cabida para la cursilería política sino para la politización de los lectores y la lectura.

Gracias.

Segundo Congreso Internacional “Figuras del Discurso”

Parte de los trabajos del Segundo Congreso Internacional Figuras del Discurso: Temas contemporáneos de política y exclusión, que se llevó a cabo en el Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

“Sujeto” en el Diccionario iberoamericano de filosofía de la educación

Este texto ha sido publicado digitalmente en el Diccionario Iberoamericano de filosofía de la educación, por el FCE y la UNAM, que se presentará en la 38 Feria del libro de minería.

FCE: 978-607-16-4882-2   UNAM: 978-607-02-8973-6
© Copyright 2016. Fondo de Cultura Económica, FFyL, UNAM, 
Editores: Ana Salmerón et al.

bibliografía

ANA MARÍA MARTÍNEZ DE LA ESCALERA
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México

Desde el ámbito de la conversación se extiende una certeza común y compartida sobre el sujeto: se trata de una convicción pragmática según la cual se define en el cumplimiento de una función de dominio o de disposición de algún otro. Sucede en efecto así, si nos fijamos en el interior de la estructura de la frase, donde se comporta como aquello que realiza la acción del verbo. En español y en otras lenguas romances, el orden normal de la articulación verbal exige que el sujeto abra la oración, seguido por el verbo, su predicado y los complementos. En pleno racionalismo, los lógicos de la escuela francesa de Port-Royale argumentaban que ese orden de la frase reflejaba el propio orden del pensamiento, por lo que la lengua francesa les resultaba más racional que el latín, privilegiado hasta entonces como la lengua civilizatoria, pero cuya estructura lógica (el verbo ubicado al final de la oración o ausente) sólo conducía a la ambigüedad y a la oscuridad en lo dicho. Sin embargo, estos pensadores no han concedido ese mismo predominio, otorgado a su francés, a ninguna otra lengua viva, reservándose así el privilegio del pensamiento.

Descartes elaboró su concepto de método sobre esta convicción, sin que llegara jamás a ponerla en cuestión a través de lo radical de su duda metódica. Todavía en la actualidad la enseñanza del francés como segunda lengua va acompañada de la creencia infundada y excluyente de que es el idioma mismo de la razón. ¿Cómo explicar sin ambigüedad que la razón universal tenga por lengua lo que es un mero producto singular de la historia, esto es, el francés? ¿Cómo puede depender la universalidad del sujeto de la razón de la particularidad histórica y contingente de una de las lenguas romances? Como quiera que la tradición racionalista hubiera dado respuesta a estas interrogantes, cierta sospecha de ambigüedad continúa aguijoneando nuestra imaginación moderna.

Ahora bien, de la exigencia, dirigida al sujeto del enunciado, a comenzar el proceso de la enunciación y la construcción del sentido, se desprende que además de comportarse como un principio de identidad o de acción, como el origen de una función o de un funcionamiento, el sujeto porta una determinada eficacia, una fuerza de realización y de puesta en marcha de algo; un señorío, una forma de dominación. ¿Se trataría acaso de una especie de sujeto de la acción trabajando dentro de cada sujeto de la oración? Es posible suponer que el uso prolongado de esta última función sintáctica fundida con la exigencia de eficacia agregaría a la certeza sobre su fuerza de dominio de la situación el convencimiento de que en él radican, además de fuerzas, privilegios. Privilegios más allá de lo meramente sintáctico o semántico. Privilegios exhibidos al regir la cosa discursiva o los estados de cosas sobre los que se preside, ya sea a nivel de la oración, del sentido o de la acción referida. Señorío que, teniendo lugar en el interior de la frase, el hábito del hablante extiende, por la operación de la metáfora, a otros lugares sociales: a la historia, a la política, a la moral y al conocimiento. El hábito naturaliza la necesidad de un privilegio y de una jerarquía que en sí mismos, en su funcionamiento gramatical cuando menos, no acarrean ninguna obligatoriedad, autoridad o legitimidad, sino que sólo muestran una contingencia lingüística y retórica.

Mientras no desarrollemos una crítica específica al efecto-sujeto como tal, es decir, como el síntoma de un hábito discursivo, seguiremos reproduciendo la convicción de su necesidad. Lo cual no significa que busquemos deshacernos de la categoría sino de poner en cuestión su necesidad universal. En este sentido, puede decirse que parece que el pensamiento europeo volvió necesario lo que sólo fue contingente: así se presupuso un sujeto del derecho y de la historia, de la política o un sujeto de conocimiento.

Por otro lado, se iba construyendo desde los cuerpos vivientes otra certeza. De la evidencia de la interpelación religiosa o policial, el individuo que participa en esa práctica como un elemento sustantivo deriva la convicción de que él responde a una demanda anterior, de dios o de las fuerzas policiales. “¡Tú, hombre!” “¡Eh, tú, detente!” Son órdenes que te colocan, inmediatamente al detenerte y prestar atención, en la función de sujeto, y tras ciertas indagatorias te confirma, antes que la voz lo admita mediante el “¡Sí, soy yo!”, como sujeto de interés para las prácticas policiales, presunto responsable y perpetrador, o creyente (Althusser, 2003).

Un breve aparte: la figura del sujeto dice, sin explicarlo, autoridad, agencia, principio de significación y de sentido. Empero en castellano, la voz sujeto también denota una pasividad —estar sujeto a una afección, por ejemplo— más que una actividad o su gobierno, ambos connotados culturalmente. Una pasividad valorada negativamente es ontológicamente negativa, puesto que creemos ser, según la misma cultura, seres que hacemos la historia y nuestro destino.

Pero, en cualquiera de los dos usos, pasivo o activo, la figura del sujeto posee la apariencia de una unidad de intención o de significación caracterizada como anterior y exterior al acto mismo de enunciación y de sentido —histórico, ético o político, o incluso pedagógico—. Sin embargo, basta el examen detallado del acto de enunciación para darnos cuenta de que el sujeto, al menos en las instancias apuntadas antes, todas ellas con predominio discursivo, o para las cuales la dimensión comunicativa resulta decisiva, son un efecto de estructura (lingüística) o histórico-social, como en el caso de la interpelación policial, o ambos a la vez, como en el discurso-objeto psicoanalítico. En tanto efecto, la disputada unidad y homogeneidad del sujeto devienen también en talantes contingentes.1 Éstas fueron puestas en cuestión por David Hume en función de su indagatoria sobre el conocimiento, en el que “todo el poder creativo de la mente (actividad o sujeto) no viene a ser más que la facultad de mezclar (sin garantía), trasponer, aumentar o disminuir los materiales entregados por los sentidos y la experiencia” (Hume, 1994).

El sujeto es facultad combinatoria, lo que la retórica antigua llamó inventio, y su dignidad deriva de tratados publicados durante dos mil años, en los cuales se discutía si el gobierno de la combinación era anterior y exterior al acto de combinar o una función prefigurada por las reglas combinatorias, si la unidad entre la sensación y la experiencia era o no materia de experiencia o de sensación, o sólo el discurso del sentimiento o el gusto nacional, o bien se postulaba la sinestesia en lugar de la homogeneidad de las percepciones y las experiencias. Su cualidad de efecto, producido por el trabajo sobre el sentido al interior de cada cultura, habíase disputado mucho antes, por las artes retóricas antiguas y sofísticas.

La disciplina retórica y su lectura pragmática nos advierte que el sujeto es, en cualquier circunstancia discursiva, un efecto de sentido contingente antes que un suceso trascendente, anterior según el orden lógico y epistemológico clásico (siglos XVII-XVIII), que le confería el honor de ser quien otorgara sentido al objeto y al mundo en general. Incluso en la estructura del enunciado gramaticalmente correcto, el sujeto es quien realiza la acción representada por el verbo, lo que lo atrapa en una estructura de acciones y significación que es anterior y que viene dictada por la estructura de cada lengua particular. Como efecto y no como punto de partida del acto de conocimiento, ostenta asimismo una condición particular: fundamento del conocimiento como es, carece, sin embargo, de competencia abstracta; su generalidad, por tanto, debe ser argumentada o demostrada cada vez que se presente una afirmación axiomática del tipo “No hay teoría política sin sujeto de lo político”.

La ciencia política ortodoxa y su teoría general de los sujetos políticos —aquella cuyo uso de los procedimientos racionales se activa dogmáticamente; es decir, sin recurrir a la crítica, según Kant advirtiera en el siglo XVIII— distinguen el sujeto político del sujeto social, y ambos del sujeto jurídico. El primero nombra a los actores que dirigen las elecciones políticas en relación con las acciones sociales; el sujeto social es el nombre reservado para los movimientos sociales no organizados para instituir lo social sino para actuar de manera contingente y relativa, y el sujeto jurídico es el que da forma a la decisión vinculante mediante las instituciones para ese efecto. Ésta es una distinción formal y general, y no admite discusión al respecto. En este sentido, no habría política más que en presencia del sujeto de lo político, que es, junto con el territorio y la soberanía del pueblo, uno de los elementos constitutivos del Estado nacional moderno. El sujeto nombra “el papel primario y fundamental desarrollado por los individuos, que, por lo demás, estructuran los niveles de la actividad social y político-jurídica como productores, como ciudadanos, como militantes, como electores, como electos y como funcionarios públicos” (Cerroni, 2010, p. 97). Este papel estaría en la base de la “integración selectiva de la voluntad política” (Cerroni, 2010, p. 99), pues sólo los individuos poseen algo como una voluntad propia que refleja el interés particular, el cual debe ser defendido en la contienda o competencia por la que todos los intereses reciben su lugar político mediante el consenso político general. En este sentido, el consenso aparece como una finalidad y no como un instrumento, capaz a su vez de infligir violencias. El consenso no sólo niega la pluralidad por considerarla inoperante en la esfera política, sino que significa además que las diferencias deben postergarse en nombre de la mayoría. Aquí el problema es que las diferencias no son la expresión de intereses individuales o de grupo; por el contrario, son operaciones de distanciamiento. Operaciones de sentido que tienen lugar más allá de la voluntad de los hablantes como efecto contingente del encuentro de situaciones de comunicación y fuerzas interpretativas.

Suele decirse que estos tres elementos heterogéneos —pueblo, territorio y soberanía— son constitutivos de la práctica política como lo es la figura del sujeto para su teoría. Su carácter fundacional tampoco se ha cuestionado, aunque ha sido puesto a prueba en numerosas ocasiones desde el activismo (el altermundismo, el movimiento de los sin-papeles, los indignados, etc.). Un elemento fundacional debe ser teórica o técnicamente anterior en términos cronológicos y exterior en términos lógicos y ontológicos de aquello que funda, y no debe ser él mismo producto de una fundación anterior, esto es, efecto o síntoma, debe ser in-fundado. En los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI ha sido indicado desde varios lugares de la actividad sociopolítica (feminismos, activismo de derechos humanos, activismo gay, etc.) y de la teoría (Foucault, 1977; 1986) que el sujeto parece ser, más bien, un efecto de la estructura de lo político —el cual se constituye mediante acatamiento o resistencia a una normatividad apoyada en instituciones sociales o nivel disciplinario, y a una modalidad discursiva que otorga sentido y valor a la conducta y deberes individuales a través de la práctica homogeneizadora de la llamada vida o dimensión política de lo social—, con lo que la fundamentación anterior y exterior se muestra a su vez fundada. Este proceso de desfundamentación del fundamento primero, detalladamente indicado por los estudios de Michel Foucault (2002), Cornelius Castoriadis (2004) y Judith Butler (2001) —esta última con base en el instrumental de la lectura retórica para interrogar la eficacia performativa del discurso político y no sobre la dimensión histórico-social, como en lo hacen Foucault y Castoriadis—, no obliga, como podría parecer, a abandonar la categoría, sino a analizar más y mejor los efectos de verdad y de autoridad (exclusión/inclusión) de su dimensión discursiva. Por dimensión discursiva me refiero a las operaciones que resultan de la afirmación acrítica —y autoritaria— de que no habrá teoría política sin la debida postulación previa de un sujeto de lo político, sea cual fuere.

La lectura de los autores citados antes sólo muestra una manera de examinar críticamente la afirmación del carácter fundante y constitutivo del sujeto de lo político para mostrar lo que, como acción de afirmación y como supuesto, produce en términos de la autoridad del discurso (Foucault, 2002).2 Hay, como decíamos, intentos por hacer del sujeto de lo político un fundamento contingente (McCarthy, 1992; Butler, 2001; Laclau, 2005; Mouffe, 1999). Sus efectos en la dimensión práctica son sustantivos, pues obligan al teórico a considerar con seriedad los movimientos sociales como sujetos contingentes de la política en la medida en que abren al análisis detallado una dimensión histórico-social3 (antes que una jurídico-política) proclive al cambio mediante prácticas que dan lugar a nuevas experiencias de lo humano. En esta circunstancia estarían los movimientos indígenas, de mujeres y de homosexuales.

Desde los teóricos anteriormente citados, pese a sus diferencias, se perfila una explicación del sujeto como un funcionamiento y no como una sustantividad. Hay, pues, un intento por historizar lo que hasta la fecha había sido pensado jurídicamente por una teoría del derecho y una filosofía cercana al derecho, que pretendía legitimar el poder y fijarlo mediante reglas y supuestos (el sujeto es uno de ellos). Al parecer, el vocabulario técnico del derecho oscurece la existencia de la dominación al interior mismo del poder, pensado como defensa de la soberanía y, por tanto, como defensa de la sociedad, imponiendo en nombre de la importancia de esa defensa el supuesto de la soberanía y la obligación legal de la obediencia; descritas estas últimas no en sus procedimientos duros, en su fuerza, sino a partir de una supuesta función de defensa intencional y voluntaria no criticable.

Por otro lado, el sujeto visto desde lo histórico-social aparece en su dimensión disciplinaria y de control como lo constituido en el tiempo y en el espacio. Allí, las acciones políticas descritas no serán entendidas como libres, intencionales, voluntarias o individuales, sino como efectos del encuentro entre fuerzas. No basta colectivizar al sujeto, como han hecho algunos autores, o volverlo el lugar político-jurídico de un perpetuo ejercicio de refundación que se actualizaría según las demandas de la actualidad de la teoría (Negri); se trata, en cambio, de explicarlo como un constructo, un supuesto, un elemento de la convicción occidental de la primacía del hombre sobre los vivientes. Primacía transmitida por medio de los significados de razón, voluntad, intencionalidad, que nos distinguen como especie, según una ley natural sobre la que reposa el ámbito jurídico y según la tradición bíblica. Recordemos que, según las traducciones a nuestro alcance, Dios somete su creación al señorío del hombre, hecho a su imagen y semejanza, o bien se la ofrece a Adán (Eva excluida) para que él pueda nombrarla y, por lo tanto, darle sentido y valor. En ambos casos, dominación o sentido, parece evidente que el privilegio es un supuesto determinante que se hereda a través del supuesto del sujeto como principio intencional de orden. Por otra parte, no se trata simplemente de quitarlo de la teoría política, según externábamos antes, lo que sería un absurdo desconocimiento histórico del devenir de la teoría; sólo insistimos en la necesidad histórico-social o genealógica de una lectura crítica del funcionamiento del sujeto (y, por ende, del sujeto como un procedimiento discursivo) en el discurso de lo político.4 ¿Qué poderes discursivos ejerce? ¿Qué dimensiones históricas-prácticas excluye? ¿Cómo evitar la autoridad de su enunciación y sus efectos excluyentes?

Quizá sólo resta agregar que desde la preocupación por lo histórico-genealógico el sujeto no aparece ni como necesario ni como prescindible sino como un claro instrumento de poder académico, en un espacio contemporáneo donde la academia está cuestionando (y es cuestionada por activismos y movimientos sociales) cada vez más el tipo de relación que sostiene con lo social que la antecede y la convoca. El sujeto es hoy, más que nunca en este escenario, un asunto de justicia social. Un solo ejemplo bastará para mostrar la relación práctica entre el término sujeto y la justicia histórica. El siglo XXI llegó en Latinoamérica acompañado de cambios políticos y de la emergencia de procesos alternos. En particular en América del Sur, esos procesos van del distanciamiento del neoliberalismo político hasta propuestas de cambio civilizatorio.5 Sin ir más allá en el análisis de nociones como civilización, política, etc., estos últimos procesos participativos se han reunido bajo el apelativo de buen vivir (Sumak Kawsay). En ellos el pueblo quiere aparecer como actor y objetivo de las resignificaciones conceptuales en curso, partiendo del propio concepto de democracia.6 Una de las demandas que encabeza la resignificación, en Bolivia y Ecuador, del vocabulario para el ejercicio del poder de disputar contra los poderes fácticos del capital trasnacional es la toma o apropiación de una dignidad negada durante los quinientos años de colonia española, en los que fueron tratados como el Otro. La dignidad de las comunidades indígenas, a las que se les negó su propia voz, y el relato de una historia de conquista y colonización narrado en sus propias lenguas y con sus propios parámetros histórico-culturales; el goce de su propia dignidad histórico-social, esto es, la realización de los actos de justicia que estos pueblos reclaman a los gobiernos posindependentistas, recaen en la figura de un sujeto, de un actor, que hasta este cambio de siglo no se apropiaba del espacio público para dirigirse al aparato de poder nacional e internacional. Sujeto da nombre, entonces, no a un punto de partida de la justicia, sino a un punto de llegada que se va constituyendo sobre la marcha, es decir, en el devenir de los procesos participativos a los que no es posible predecir completamente una única finalidad. Su éxito o ausencia depende de la función que le sea predispuesta a esta modificación de lo social y que habrá de servir como criterio para la evaluación. Pero la función, o sea, la expectativa de justicia social, es amplia y compleja, difícilmente de orden mecanicista; además, se arma mediante la participación colectiva sobre la dimensión del género, la ecología y lo sustentable en las maneras ancestrales de disposición de la naturaleza, las lenguas y demás prácticas colectivistas. Así, la interpretación que se da de los espacios ganados para la participación es provisional. Este sujeto colectivo comparte esa misma cualidad o condición de provisionalidad; puede ser visto en numerosos lugares, realizando a su provisional manera la justicia cotidiana.

BIBLIOGRAFÍA

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Althusser, L., “Ideología y aparatos ideológicos de Estado”, en S. Žižek (comp.), Ideología. Un mapa de la cuestión, FCE, Buenos Aires, 2003.

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Butler, J., “Fundamentos contingentes: el feminismo y la cuestión del ‘postmodernismo’”, La Ventana, vol. II, núm. 13, Guadalajara, julio de 2001.

Castoriadis, C., La institución imaginaria de la sociedad, Seuil, París, 1975.

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Laclau, E., La razón populista, FCE, Buenos Aires, 2005.

León, Irene (coord.), Sumak Kawsay/Buen vivir y cambios civilizatorios, FEDAEPS, Quito, 2010.

McCarthy, T., Ideales e ilusiones. Reconstrucción y deconstrucción en la teoría crítica contemporánea, Tecnos, Madrid, 1992.

Mouffe, C., El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Paidós, Barcelona, 1999.

1 La disparidad entre experiencia y sensación pasa por el lenguaje, ya que toda representación es marcada por las formas sintácticas y, por lo tanto, por un orden que no es el de la vivencia sino el del lenguaje. Pero la heterogeneidad no se da entre proposiciones sino entre lo que marca al sujeto desde la cultura, desde el lenguaje, desde el inconsciente y desde la contingencia introducida por la dimensión de las acciones contingentes. La unidad de lo heterogéneo tiene lugar como acto de interpretación (Adorno) o como constelación de sentido (Benjamin).

2 En este sentido, la autoridad del discurso se refiere a la modalidad de certeza que instaura, a la que podemos acercarnos a través de la dimensión pragmática o retórica del discurso; el autoritarismo del discurso se refiere a la instauración de una modalidad académica o institucional mediante la cual se excluye el discurso que no acepta los supuestos del ejercicio discursivo primero. Por ejemplo, bajo la forma que afirma que no puede haber teoría política sin el supuesto del sujeto de lo político; supuesto que no debe ponerse en cuestión, de lo contrario se excluye ese pensamiento crítico de la esfera de la teoría ortodoxa. Se trata de un ejercicio típico del poder/saber, pues éste sólo existe como relación de fuerza en acto.

3 Esta dimensión se instaló no sin dificultades en los análisis de la teoría crítica, en particular en Adorno (1991) y en Benjamin (2005). Luego en Foucault, en sus textos ya citados, y en Castoriadis (1975). En ese ámbito se le determina como autodespliegue de lo imaginario radical como sociedad y como historia, mediante lo instituyente y lo instituido.

4 Genealogía significaría “el acoplamiento de los conocimientos eruditos y las memorias locales, lo que permite la constitución de un saber histórico de las luchas y el uso de ese saber en las tácticas actuales” (Foucalt, 2002, p. 22). La genealogía es un práctica crítica, desujetante e insurgente.

5 Citaré un pequeño libro escrito por Aníbal Quijano, Ana Esther Ceceña, Naomi Klein, Edgardo Lander, René Ramírez, Boaventura de Sousa Santos, Magdalena León, Alberto Acosta e Irene León, coordinado por esta última, en el que se resume de manera clara la plataforma del buen vivir: Sumak Kawsay/Buen vivir y cambios civilizatorios (2010).

6 Esta noción de buen vivir ha sido usada en los últimos tiempos de manera descuidada; sin embargo aquí puede referirse a un uso de la lengua a través del cual el vocabulario de lo político, o de lo social y cultural es analizado a partir de la no correspondencia, necesariamente, de sus efectos de sentido y valor con el significado o la función explícita asignados por las instituciones cuyas prácticas y normas controlan la producción de sentido. Tras el análisis, y a causa de él, la palabra es reapropiada y puesta en circulación nuevamente, determinando a través de contextos colectivos de debate y discusión nuevos significados que hacen emerger un nuevo acontecimiento del decir de dicho debate. El nuevo significado es expropiado en el análisis y reapropiado, completando un proceso de ex-apropiación o resignificación. El primero en interesarse en describir esta resignificación fue Nietzsche (2011, p. 88); mucho después, Jacques Derrida también lo hizo con su demostración de los procedimientos incluidos en su noción de técnica de deconstrucción (1971).

Asambleístas: no hay marcha atrás en los derechos. Lourdes Enríquez

Por: Lourdes Enríquez Rosas

Es indudable que la batalla jurídica por el reconocimiento, protección, garantía y exigibilidad de los derechos sexuales y reproductivos en nuestro país ha sabido que su eficacia radica en el diseño de estrategias legislativas y judiciales.

La oportunidad de reafirmar derechos conquistados y profundizar su pleno goce ha sido aprovechada por las organizaciones de derechos humanos colaborando activamente en el proyecto de Constitución Política de la Ciudad de México, en específico, dentro de la comisión Carta de Derechos de la Asamblea Constituyente, ya que en su modalidad de parlamento abierto a la participación ciudadana, ha escuchado a una ciudadanía hablante, en un ejercicio de recepción de mensajes con importantes contenidos de transformación sociocultural.

El proyecto de carta magna capitalina preparado por el poder ejecutivo local es maximalista en derechos, ya que integra los estándares internacionales en la materia y entiende la diversidad social que exige una ciudad garantista de libertades y derechos, democrática, solidaria, productiva, incluyente, habitable, segura y sostenible.

En la temática de derechos reproductivos, el ambicioso proyecto contiene una perspectiva de igualdad sustantiva de género y es estratégico en tres aspectos fundamentales: Sustenta el derecho al aborto legal, seguro y gratuito hasta la doceava semana de gestación en hospitales de la ciudad, se basa en la autodeterminación de las mujeres, y en el derecho al libre desarrollo de su personalidad. Lo anterior se muestra reflejado en la propuesta que contiene el artículo 11 del segundo capítulo, ya que enmarca la autonomía sexual y reproductiva en el derecho a la integridad física y psicológica, así como en el derecho a vivir una vida libre de violencia y coacción.

En el decreto de dictamen que entregó la comisión Carta de Derechos al presidente de la mesa directiva de la asamblea constituyente de la Ciudad de México el pasado 11 de diciembre, se señalan de manera categórica los principios rectores de los derechos humanos que refieren a su universalidad, integralidad, interdependencia, indivisibilidad, complementariedad, progresividad y no regresividad.

Dicho dictamen aborda la exigibilidad y justiciabilidad de los derechos sexuales y reproductivos. Sobre los primeros define que toda persona tiene derecho a la sexualidad, a decidir sobre la misma y con quién compartirla, a ejercerla de forma libre, responsable e informada, sin discriminación, respetando su orientación sexual, su identidad de género, y sus características sexuales. No ser víctima de coerción o violencia. Recibir educación en sexualidad y servicios de salud integrales con información científica, no estereotipada, diversa y laica. Sobre los derechos reproductivos el dictamen señala que toda persona tiene derecho a decidir de manera libre, voluntaria e informada tener hijas e hijos o no tener, con quién y el número y espaciamiento entre los mismos. Sin formas coactivas ni violentas, recibiendo servicios de salud reproductiva integral del más alto nivel posible, así como acceso a información sobre reproducción asistida. Añade que se sancionará la esterilización forzada y la violencia obstétrica.

El activismo jurídico de tinte conservador y regresivo también estuvo muy presente en las audiencias públicas de la comisión Carta de Derechos de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México, atendió a la convocatoria con la intención de proponer reservas al proyecto, y principalmente, hacer presión con iniciativas de ley que exigen proteger la vida desde la concepción/fecundación hasta la muerte natural. Y con ello, buscar jurídicamente echar abajo los avances legislativos en materia penal y de salud reproductiva logrados en abril del año 2007, que desde esa fecha y de manera ininterrumpida han puesto en marcha política pública de avanzada mundial que ofrece servicios de ILE durante el primer trimestre de gestación en la ciudad de México.

Es importante difundir ampliamente que en la capital del país se garantiza el derecho a la Interrupción Legal del Embarazo en condiciones seguras y amigables para practicarla, ya que se cuenta con el establecimiento de un sistema de salud pública integral con personal capacitado y presupuesto suficiente que atiende a la población femenina que solicita el servicio, sin importar su raza, etnia, edad, nacionalidad o lugar de residencia.

En las audiencias públicas, las organizaciones sociales y los grupos contrarios a la igualdad sustantiva de género y en específico, al avance de los derechos sexuales y reproductivos, utilizaron los mismos discursos y formas argumentativas en las que se han basado desde el año 2008 para conseguir mayoría de votos y reformar las constituciones políticas de 17 Estados de la República Mexicana, a la que se suma el Estado de Chihuahua que contaba con esa protección absoluta a la vida desde el año 2004.

A propósito del éxito legislativo de los grupos antiderechos en las mencionadas reformas constitucionales, siendo la última en el congreso local del Estado de Veracruz en agosto del año pasado, es pertinente traer a la memoria que la argumentación jurídica, reduccionista, formalista y excesivamente literal de la sentencia que validó la constitucionalidad de las reformas legislativas en el Distrito Federal (2008), dejó flancos débiles y abrió la puerta a la incertidumbre legislativa por la que se coló una estrategia perversa de corte conservador con notorias intenciones fundamentalistas, planeada desde las cúpulas del poder en contubernio con el clero político, y que logró eficazmente, en un lapso de escasos dieciocho meses contados a partir de la resolución del máximo tribunal, que los Congresos locales de 16 Estados de la República Mexicana votaran de una forma irregular y contraria a los principios de la democracia, modificaciones a sus constituciones políticas en el sentido de “proteger la vida desde el momento de la concepción/fecundación hasta la muerte natural”, con el claro propósito de impedir avances en derechos reproductivos, en específico, la interrupción legal del embarazo en los términos votados por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en 2007.

Vale reconocer que la Asamblea Constituyente ha puesto atención en voces de juristas, de la academia y de grupos expertos en temas de salud sexual y reproductiva que han advertido sobre la no certeza jurídica que la protección a la vida desde el momento de la concepción/fecundación ocasiona en los prestadores de servicios de salud en cuanto a métodos de planificación familiar, anticoncepción de emergencia, técnicas de reproducción asistida, avances científicos y, en especial, y no menos grave, la aberración jurídica que provoca otorgar el carácter de persona a un óvulo fecundado para la situación de las mujeres que deciden interrumpir un embarazo por razones legales o no, ya que se les acusa del delito de homicidio, lo que lamentablemente ha estado sucediendo en los últimos ocho años, de una manera enfáticamente necropolítica, entendida ésta como una violencia institucional ejercida por el Estado. Una política feminicida contra mujeres pobres y marginadas que recurren al aborto inseguro en la clandestinidad. Son políticas de la muerte y castigos ejemplares contra mujeres que encarnan cuerpos de deshecho (Martínez de la Escalera, AM. 2009. Feminicidio: Actas de denuncia y controversia. PUEG /UNAM México).

Siendo la laicidad del Estado uno de los ejes fundantes de nuestra incipiente democracia y conociendo que la discusión parlamentaria que se está dando puede pretender vulnerarla con el objeto de retroceder derechos conquistados, la movilización legal progresista ha mostrado a la comisión dictaminadora de la Asamblea Constituyente que se encarga del tema de los derechos humanos, que para países como el nuestro, que no alcanzan niveles óptimos de calidad de vida en la mayoría de su población y que todavía tienen mucho por hacer en materia de respeto y garantía efectiva de los derechos humanos, es muy importante entender el principio de progresividad de tales derechos, del cual se desprende la prohibición de regresividad. Cabe mencionar, y nos debemos congratular por ello, que hace unos días, el pleno de la Asamblea Legislativa al votar el artículo 11 del segundo capítulo del proyecto de Constitución Política, no dio entrada a las iniciativas de protección a la vida desde el momento de la concepción/fecundación y otorgó un apoyo mayoritario al dictamen emitido por la comisión Carta de Derechos.

El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, del cual nuestro país es Parte, señala la obligación de lograr progresivamente la plena efectividad de los derechos reconocidos. La obligación de progresividad significa, antes que nada, los esfuerzos que en la materia deben darse de forma continuada, con la mayor eficacia y rapidez que sea posible alcanzar, a manera de lograr una mejoría continua en las condiciones de existencia de la población.

Las y los asambleístas deben comprender que la prohibición de regresividad significa que los Estados, y en este caso, la Ciudad de México, no pueden dar marcha atrás en los niveles alcanzados de satisfacción de los derechos, por lo que se puede afirmar que la obligación parte de la relación con los derechos establecidos en el Pacto que ratificó nuestro país y además, es de carácter ampliatorio, de modo que la derogación o reducción de los derechos vigentes contradice claramente el compromiso internacional asumido.

Además, la obligación de progresividad constituye un parámetro para examinar las medidas adoptadas por los poderes Legislativo y Ejecutivo en relación con los derechos sociales, puede ser una forma de carácter sustantivo a través de la cual los tribunales analizan y determinan la inconstitucionalidad de ciertas leyes o políticas públicas.

Es por estas razones y muchas otras por las que no respetar los avances en derechos reproductivos logrados en la capital desde que aún era Distrito Federal, y pretender hacerlos sujeto de negociación política, traería como consecuencia la inconstitucionalidad de una Ley Suprema que apenas comienza a discutirse y que aún se encuentra en espera de su inminente aprobación.

Texto publicado primeramente acá.