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Género, arte y memoria de las luchas

El pasado 16 de febrero se llevó a cabo la sesión del taller “Perspectivas críticas sobre ciudadanía, género, derechos humanos y desarrollo sostenible” en el Museo de la mujer. En esta ocasión la Dra. Ana María Martínez de la Escalera y la Dra. Circe Rodriguez conversaron sobre el “Taller de Arte e Ideología”. Puede verse la conversión acá.

“Hacia un discurso estético de la violencia”

José Francisco Barrón Tovar

Cuando pensamos la violencia normalmente lo hacemos a través de un discurso que la plantea en relación con una institución estatal o con una fuerza salvaje. Nuestro discurso, con el que hablamos de la violencia, depende de nuestro lenguaje político. En su ausencia, o en exceso de lo político, es que aparece la violencia: o nos someten, o nos dejan sin instituciones que nos protejan. Las coordenadas en las que se coloca la violencia dependen de un plano político bien determinado casi siempre: “el estado nos violenta” o, acaso, “hay que exigir a la institución que nos cobije de esta fuerza desmedida que nos ha herido”. Pero, ¿se nos escapa alguna forma de violencia al quedar situados en este plano político? ¿Una violencia que ni siquiera podríamos decir?

Y si este plano político es donde ponemos la violencia, por otra parte, una imagen nos da la configuración para describir sus efectos y procedimientos. Es que la violencia, por las imágenes de imposiciones explosivas que conducen nuestro pensamiento de ella, siempre es para nosotros desmembramientos de cuerpos, heridas profundas, hambre provocada, imposibilidad en los deseos, producción de vulnerabilidad… La violencia no puede ser callada o silenciosa, no puede acontecernos “de modo inaudible“. Todo un escándalo. Esto último nos gusta pensarlo con los discursos del poder, de la alienación, de la manipulación, la fuerza y la propaganda. Nos gusta ilustrar la violencia como un estallido. Momentáneo o que perdura, eso no importa mucho, se trata de un arrebato, una exaltación, un bombazo y un estrépito que nos gusta decir que es intolerable y que no debe permitirse.

¿Y si pudiéramos elaborar un discurso en el que la violencia fuera “la más silenciosa” de nuestras horas? ¿Y si experimentamos con nuestros discursos para decir toda nuestra violencia que no cabe en ese discurso político ruidoso? ¿Existe esa violencia? Experimentemos con un discurso más estético, digamos. ¿Y si tratamos de decir la violencia desde la experiencia o desde la sensibilidad corporal podríamos pensarla de otra manera?

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“El rapto del lenguaje. Apropiación y autoritarismo en la filosofía universitaria”

Ana María Martínez de la Escalera

El siglo xx vivió una explosión del pensamiento sobre el len­guaje que dejaría huellas en la docencia en humanidades y, en particular, sobre la enseñanza de la filosofía en la Universidad. En la unam, en específico, se sucedieron rápidamente herme­néuticas, teorías de la interpretación, genealogía, arqueología, deconstrucción, teoría crítica e historia de conceptos, por ci­tar sólo unas pocas contribuciones a una reflexión que no se limitaba a incluirse en una tradición hegemónica, sino que abría nuevos caminos a la discusión; contribuciones que insistían en no separar la estructura semántica de la lengua de la pragmática de sus usos por el discurso hablado o escrito, y volvían sobre la importancia de interrogar lo que el discurso lleva a cabo, más allá de la oposición metafísica, o de sentido común, entre forma y contenido. A la par de todas ellas se iría consolidando institucionalmente una filosofía del lenguaje de corte analítico, como testimonia el plan de estudios de la licen­ciatura en filosofía y los programas correspondientes al área de filosofía del lenguaje en la Facultad de Filosofía y Letras, así como en el posgrado.

Esta filosofía se definió a sí misma excluyendo de sí aque­llo que consideraba no pertinente. Esta atribución, es decir, decidir lo que es y lo que no es filosofía del lenguaje, junto con su éxito universitario, marginó otros acercamientos o tra­tamientos del lenguaje en la filosofía del último siglo. El “éxi­to” institucionalizado o de institucionalización debe ser expli­cado: es un éxito político, no epistemológico, o si se prefiere, es producto de una política de la filosofía que, definiendo campos de problemas o bien tópicas, reduce la discrepancia a inutilidad. Por tanto, debe hacerse una crítica que muestre cómo, es decir, mediante qué operaciones prácticas llegó a ad­quirir tal fuerza y desbancó de la academia, de nuestra acade­mia sobre todo, otras modalidades de interrogación y pensa­miento sobre el lenguaje a las que equiparó con la ausencia de rigor o seriedad, expresada por ejemplo en el ensayo e incluso en la literatura filosófica. Afortunadamente, Nietzsche parece haberse adelantado a estos lamentables tiempos y en su libro La gaya ciencia desenmascaró la pretendida seriedad y rigor, mostrándolas como ejercicio autoritario y contrario a “las vir­tudes del verdadero acto de la lectura”. Virtudes que Michel Foucault, un siglo después, en su ensayo ¿Qué es la crítica? aso­ciaba a la práctica de la crítica y su fuerza desujetante y pro­positiva. Fijémonos que se trata, en el primer caso, de un libro de aforismos; en el segundo, de un radiante ensayo que la aca­demia filosófica de tradición analítica considera, por el con­trario, excluido de la filosofía. Recuérdese que Adorno en “El ensayo como forma” y en “La actualidad de la filosofía”, asegu­raba que, en tiempos aciagos como los suyos, el ensayo es pre­cisamente la forma de conjuntar investigación y exposición del discurrir filosófico que urge hacer público y compartido entre los lectores, considerados como debatientes amistosos.

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Sensibilidad

Texto leído en las “Jornadas de reflexión: género, ética y política. Retos y perspectivas” organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Ciudad de México, 18 y 19 de septiembre de 2017)

José Francisco Barrón Tovar

“Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, y se ha de aprender a hablar y a escribir [...] no responder inmediatamente a un estímulo [...] todo lo vulgar radica en la incapacidad de oponer resistencia a un estímulo, en el tener que reaccionar, en seguir todo impulso.” (Friedrich Nietzsche, El ocaso de los ídolos)
Recibimos lo que nos ocurre con ‘sentimientos-aceptados’. No lo aprovechamos de ninguna manera, ni sabiendo sufrir por ello, ni sabiendo gozar. No sabemos sufrir, eso es quizás lo peor. (Hélène Cixous, Fotos de raíces. Memoria y escritura)

Se llamará sensibilidad¹ al funcionamiento de la experiencia en la que los cuerpos responden a lo que sienten en -y en relación con- un acontecimiento determinado. En este sentido cuerpo puede ser colectivo, individual, maquínico. La respuesta puede determinarse de cualquier tipo: emocional, discursiva, corporal, institucional, violenta, etcétera. El acontecimiento determinado puede ir de una violencia necropolítica ejercida contra cuerpos colectivos hasta la relación de amor o amistad entre cuerpos individuales. En tecnología se habla de sensores que reciben una señal y reaccionan emitiendo otra señal como respuesta. En estética se habla de la emisión de un juicio al evaluar una cosa o evento. En el lenguaje cotidiano se habla de “ser muy sensible” o de “falta de sensibilidad” para hablar de que en un intercambio social alguien se muestra impresionado, afectivo, tierno, delicado, incluso emotivo, sentimental, hasta susceptible. Ciertamente, en la mayoría de los actuales usos -políticos, militantes, aguerridos- del discurso de género la cuestión de la sensibilidad aparece siempre como cuestión de primer importancia que se gusta soslayar, si no es que se deja fuera intencionadamente. Las razones de esto casi siempre son de índole de política de la teoría, incluso de política de la lucha social. Se prefiere la mayor parte del tiempo volverla teoría pura, cosa de la academia. Se prefiere hablar de cuerpos constituidos social y lingüísticamente. Se prefiere naturalizar esa constitución. Habría toda una estética-política que permite elaborar el discurso que guste de usar el género como herramienta central. La cuestión de los cuerpos, de las relaciones entre cuerpos, de las construcción de políticas de los cuerpos en el género, debería, afirmo, atender la cuestión de la sensibilidad de esos cuerpos. Quizás así, no sólo podríamos atacar como sentimos nuestras estructuras de violencia y nuestras prácticas de muerte, sino también tener como respuesta unas prácticas revolucionarias, emancipatorias, mínimamente de vidas mejores, adecuadas.

Tratar la sensibilidad implicaría de principio atender: ¿Cómo es que se ha construido eso que nos molesta o nos agrada, que nos lastima? ¿Qué relación existe entre nuestras políticas y nuestros gustos o disgustos corporales? ¿Podemos saber cuánto de remordimiento o culpa hay en nuestras formas de lucha, en nuestros discursos políticos? ¿Importaría saber cómo nuestro sufrimiento entra en nuestras violencias estructurales? ¿A qué sistema de libertad o de sometimiento conviene regodearnos en nuestro dolor, excedernos en la reacción a nuestro dolor? ¿En qué sentido el deseo de acariciar un cuerpo y otro no determinaría nuestros discursos y prácticas políticas? ¿Existe un espacio estético de conformación del cuerpo ejerciendo la política? Si este fuera el caso, ¿con qué discurso tratar ese espacio de relaciones y efectos estéticos, de pasiones y juicios sobre lo que nos acontece? ¿Qué discursos podrían tratar el ejercicio de la sensibilidad como una política de la teoría? Ciertamente cierto discurso feminista lo ha hecho.

Ya desde hace siglos pensadoras han tratado la cuestión de la sensibilidad en relación con el cuerpo y moralidad de las mujeres. Desde los siglos XVII y XVIII, filósofas como Madame de Staël² o Madame de Sévigné³ habían enarbolado cierta idea de la configuración de la práctica moral femenina en relación con su capacidad sensible. Pero fueron autoras románticas inglesas, ya entrado el siglo XVIII, como Mary Wollstonecraft, Maria Edgeworth y Jane Austen quienes han dejado desarrollada una forma de la discusión; es decir, un discurso. Ella debatieron cómo definir la sensibilidad, cómo evaluarla y cómo adquirirla. A grandes rasgos, la sensibilidad se entendía como la capacidad de un cuerpo de ser afectado. Así, social y políticamente se esperaba de los cuerpos ciertas reacciones o respuestas emocionales en determinadas circunstancias. La amabilidad, la ternura, la prudencia eran respuestas emocionales esperadas de las mujeres. Es así que gestos corporales delicados permitían hacer de la mujer ciertas evaluaciones morales. Pues, una práctica moral alta debería ir acompañada de un sentimiento apropiado. Mucha de la discusión entre estas autoras era que tal relación entre la sensibilidad, la práctica social y la valoración moral tendía convertirse en una pantalla superficial. (Kat Powell, “Feminine Sensibility and Virtue”) “Est-ce la sensibilité, est-ce la vertu qui n’est qu’un fantôme?”

Ya más cercana a nosotros la filósofa francesa Luce Irigaray ha abogado por una “cultura de la percepción sensible”, por una “educación de la sensibilidad”. Así ha escrito:

“Mi experiencia de mujer, como el análisis de las opiniones sostenidas por mujeres y hombres, me han enseñado que el sujeto femenino privilegia casi siempre la relación entre sujetos, la relación con el otro género, la relación de a dos. […] En lugar de la relación intersubjetiva, deseada por las mujeres aun fuera de su cumplimiento, encontramos en los hombres una relación sujeto-objeto, sea el objeto material o espiritual. […] la relación con el objeto, con el otro, con el mundo. se realiza a través de un instrumento, ya se trate de la mano, del sexo, pero también de un instrumento que se agrega o que reemplaza al cuerpo” (Luce Irigaray, Ser dos, p. 27)

La insistencia de Irigaray podría resumirse en este problema: ‪”Nos falta una cultura de la percepción y, a causa de esta carencia, caemos en el reino de la simple sensación”. (p. 34)

Se podría defender que esta insistencia por pensar la sensibilidad de los cuerpos tiene como interés una estética-política. De hecho podría usarse de este modo. Podríamos, por ejemplo, preguntarnos qué era eso que constituía antaño nuestra experiencia y hacía aceptable para nuestra sensibilidad lo que ahora no soportamos y que deseamos detener, terminar. Habría que demandarnos a nosotros mismos, ¿por qué hace tan poco que combatimos la “trata de personas” si hubo antes tantos siglos? ¿Por qué vemos más las violencias hacia ciertos cuerpos? ¿Cómo es que ahora sentimos esta indignación, esta rabia, por ciertos cuerpos destrozados, desmembrados? ¿Qué pasiones serían las adecuadas para responder a nuestras violencias, a nuestros cuerpos muertos?

Notas a pie:
1 Podría tratarse como una discusión con Jacques Rancière y su caracterización de “lo sensible” como “découpage du temps et des espaces, du visible et de l’invisible, de la parole et du bruit qui définit à la fois le lieu et l’enjeu de la politique comme forme d’expérience”.
2 “heureuse la nation, heureux les individus qui dépendraient des hommes susceptibles d’être entraînés par la sensibilité!”
“les femmes sont liées par les rélations du cœur, et les hommes ne le sont pas: cette idée même est encore un obstacle à la durée de l’attachement des hommes ; car là où le cœur ne s’est point fait de devoir, il faut que l’imagination soit excitée par l’inquiétude, et les hommes sont sûrs des femmes, par des raisons même étrangères, à l’opinion qu’ils ont de leur plus grande sensibilité; ils en sont sûrs, parce qu’ils les estiment; ils en sont sûrs , parce que le besoin qu’elles ont de l appui de l’homme qu’elles aiment, se compose de motifs indépendants de l’attrait même”
3 “Enfin, mon enfant, soulagez-vous, ayez soin de vous, fermez votre écritoire; c’est le vrai temple de Janus; et songez que vous ne sauriez faire un plus solide et plus sensible plaisir à ceux qui vous aiment, que de vous conserver pour eux, puisque ce seroit vous tuer que de leur écrire.”
“Nous en faisons toujours un de madame de Vins : c’est une aimable créature, j’y pense souvent , elle me témoigne bien de l’amitié , et me parle de vous avec une véritable tendresse : elle n’est vraiment point un fagot d’épines (malhumorada, irritable): elle est fort bonne à ses amies, ei fort sensible à leurs intérêts. Sa destinée est triste: elle n’étoit pour tant pas sans dégoûts au milieu de la cour , et vous la plaignez trop d’être dans sa famille; c’est sa pente naturelle, elle y est fort accoutumée : la solidité de son esprit lui est d’un graud secours présentement: ne vous mande-t-elle point l’usage qu’elle en fait, et comme elle apprend votre philosophie? Son mari a donc payé le tribut aux yeux de madame D…. Vous lui donnerez des leçons sur la manière d’en être jalouse : je ne plains point les dames de cette humeur ; elles trouvent à subsister par-tout.” (1680)